VIAJE DE LOS BOMBEROS
A VALPARAÍSO
(CON MOTIVO DEL TERREMOTO DEL 16 DE AGOSTO)
LA JORNADA DEL HAMBRE
AUTOR:
GALVARINO PONCE, VOLUNTARIO DE LA 6ª COMPAÑÍA DEL CUERPO DE BOMBEROS DE
SANTIAGO.
Esplicacion
Poco
ántes de partir a Valparaiso mi capitan me ordenó redactara un diario con las
novedades del viaje.
Las
líneas que van en seguida forman ese diario.
Algunos
compañeros benévolos han deseado se publiquen para guardar el recuerdo de esa
jornada azarosa.
He
suprimido algunas observaciones íntimas i he agregado otras para hacer ménos
árida su lectura.
He
pensado que podia venderse este folleto i el producto de su venta podria
aliviar algun dolor.
I
me he acordado de los huerfanitos que trajimos de Limache.
Es,
pues, para ellos todo lo que se reuna por la venta de este cuaderno.
No
necesito invocar sentimientos caritativos a mis compañeros; se que ellos, sus
madres i hermanas, acudirán presurosos a depositar la limosna que destinarán a
los que no conocieron el mas grande de los cariños!
GALVARINO PONCE
16
de octubre de 1906
EL VIAJE DE LOS
BOMBEROS A VALPARAISO
En
la noche del 18 de agosto se reunian en los salones de la Comandancia del
Cuerpo, un grupo numeroso de voluntarios que deseaban escuchar las resoluciones
que tomaria la Comandancia, sobre el viaje a Valparaiso.
Despues
de una discusion corta, se acordó que las comisiones partieran al dia
siguiente.
El
señor Superintendente dijo en aquella ocasión: No creais, señores voluntarios
que el viaje sea fácil. Las privaciones i los sufrimientos serán vuestros
compañeros inseparables. Os recomiendo lleveis abrigo i provisiones i que la
esperanza de ser útiles, haga ménos penosa la marcha.
Con
estas palabras se dió por terminada la reunion.
DIA
19
Cumpliendo
las órdenes impartidas, a las 9 A.M., en punto, estaba formado el Cuerpo en los
andenes de la Estación Central.
Los
capitanes de compañía se habian esmerado en seleccionar de su personal los
jóvenes mas trabajadores i entusiastas.
El
señor Superintendente, el Comandante Phillips i los Capitanes ayudantes,
pasaron revista en medio del mayor silencio.
Se
ordenó en seguida ocupar los carros del tren especial que a los pocos minutos
partia, en medio de los adioses de los compañeros que quedaban al cuidado de la
ciudad.
Llevamos
como jefe al 2.º Capitan Ayudante, don Alberto
Mansfeld.
◊
◊ ◊
La
marcha fue lenta; la línea está en mui mal estado, el maquinista va inseguro;
es el segundo tren que corre despues de la catástrofe; el primero lleva a los
señores Ministros de Guerra e Interior i ha partido tres horas ántes.
Por
todas partes se divisan murallas, pircas i ranchos destruidos. Los edificios de
las estaciones i bodegas están destruidos unos, agrietados otros.
En
el Túnel de la Paloma se hace un trasbordo dificultoso, la entrada norte está
obstruida por grandes peñascos desprendidos de los altos cerros.
Aquí
encontramos una Compañía de Injenieros Militares que ha hecho un camino por
fuera del túnel i que nos ha servido para hacer el trasbordo. Esta tropa parte
a Llai-Llai, ántes que nosotros, en tren especial que lleva órden de volver por
el Cuerpo.
Tenemos
que luchar constantemente con un sinnúmero de paisanos que ocupan los carros i
dejan a los voluntarios, no solo sin asiento, sino tambien sin lugar para
seguir el viaje.
Van
cerca de trescientas personas en dos carros de primera.
Los
enviados i corresponsales de la prensa santiaguina se abren paso valientemente
para llegar de los primeros. Los corresponsales fotográficos, para hacerse
gratos, enfocan sus máquinas a cada momento… Varios paisanos tienen sus
familias en Valparaiso i van desesperados; los mas son curiosos, a quienes no
lleva otro propósito que recibir impresiones.
En
algunas estaciones encontramos personas que vienen a pié desde el puerto i que
nos refieren escenas tristes i desgarradoras, talvez exajeradas.
Nosotros
preguntábamos: ¿siguen los incendios? ¿hai vidas que
salvar? ¿será oportuna nuestra llegada?
El
pueblo de Llai-Llai, antes tan alegre i bullicioso,
ofrece ahora un aspecto desconsolador.
Aquí
no formamos una idea de cómo podia estar en Valparaiso.
El
señor Superintendente recorre el pueblo i parece que sufre ante anta desgracia
i tanta miseria. El noventa i cinco por ciento de las casas están destruidas;
sus pobres habitantes recorren las calles como enfermos, mirando las ruinas i
los escombros humeantes.
Las
chimeneas de los hornos i fábricas están derrumbadas; los hoteles mudos, ni un
alma cerca de ellos.
El
médico de ciudad, nuestro amigo el doctor Hermosilla, nos dice que hasta ese
momento, 3 P.M., se han sepultado cerca de 60 cadáveres; los heridos son
innumerables, se han concluido los desinfectantes, no hai morfina para calmar
los dolores.
Es
mui dificil encontrar pan.
A
las 9 P.M. llegamos a Limache, término del viaje en ferrocarril.
Muchos
fuimos partidarios de seguir inmediatamente, pero órdenes superiores nos
hicieron pernoctar allí; quedamos descontentos, queríamos llegar pronto,
trabajar, demostrar nuestro esfuerzo i de lo que éramos capaces.
Por
algunas personas nos impusimos que el pueblo estaba totalmente destruido.
No
hai nada que comer.
Algunos
voluntarios duermen en el mismo carro en que hemos viajado, otros sobre
montones de pasto seco, muchos hacen fogatas para espantar el frio de aquella
noche cruel, las mismas sirven para cocer papas, único alimento de muchos
voluntarios en aquel primer dia de nuestro viaje.
Los
señores Ministros duermen en esos momentos en un carro, un centinela los cuida.
DIA
20
A
los gritos de ¡levantarse! ¡arriba! Despertamos:
serian las 5 de la mañana.
Arreglado
el equipaje, emprendimos la marcha envueltos en una neblina densa i oscura.
La
esperanza abrigada desde la noche anterior de que el Rejimiento Lanceros,
pudiera darnos una taza de café, fue una ilusion forjada en la mente de algun
voluntario alegre.
Algunos
empleados de la estacion nos acompañan con luces que alumbran miserablemente
hasta el puente del ferrocarril.
A
nuestro lado marchan paisanos en cuyos rostros se advierte el sufrimiento i la
falta de alimentacion; han dormido en el suelo, desean seguir viaje con el
Cuerpo.
Algunas
compañías entonan marchas, en silencio, otros silban.
Pronto
despierta la mañana. La neblina se aleja flojamente i deja descubierto los
árboles i la verdura; los pájaros sacuden sus alas i cantan, saludan a la
aurora.
Llega
el sol brillante i todo lo alumbra con alegría; los campos estan hermosos i se
recuerda al poeta inspirado que dijo:
I tus campos de flores bordados,
Son la copia feliz del eden …
Todo
invita a la alegría, el corazon rie, el estómago olvida sus ánsias crueles…
Al
medio dia el sol incomoda demasiado; los cascos i las gruesas cotonas no son
apropiados para esas marchas. La alegría ya no es nuestra compañera, avanzamos
mudos, sudorosos, con la cabeza inclinada.
A
esa hora la 5ª toma la vanguardia, se aleja con órden. Algunos voluntarios queremos
llevarnos la gloria de llegar primero a Peña Blanca i avanzamos en desórden.
Hai un poco de amor propio escondido en el pecho de cada voluntario.
Lleva
la punta uno de la 10ª; luego sigue la 5ª i al lado de ésta, un voluntario de
cada una de las compañias 2ª, 6ª i 7ª sigue inpertérrito con su hacha al
hombro.
En
Peña Banca encontramos un poco de pan, una taza de té i harina tostada.
Descansamos
una media hora i se dio órden a la 5ª para que siguiera de avanzada hasta
Quilpué, donde haría preparar alimentos para todos los compañeros.
A
las dos horas de camino no se habia ordenado descanso i esto obliga al Teniente
de la 6ª a tomar la siguiente medida: Mi compañía hace jornadas de una hora i
descansa cinco minutos.
Esta
medida dio escelentes resultados i se cumplió estrictamente. Parece que la 2ª
hizo algo parecido, pues en los momentos que descansábamos, la vimos pasar en
buen órden.
En
el camino encontramos escasas provisiones. El pan se cuidaba como oro. En Peña
Blanca vimos al voluntario de la 6ª, don Juan Fleischmann, desprenderse del
único que guardaba, para obsequiarlo al médico de ciudad de Santiago, doctor
Donoso Grille, que ese dia no habia comido.
Las
damas i los vecinos mas respetables nos esperaban en
Quilpué, con galletas, té, charqui, etc. Este fue el oríjen feliz de la “Olla
del Peregrino”, que tantos servicios prestó en
aquellos amargos dias a todos los que por allí pasaban, incluso el Exmo. Señor
Montt.
Fue
tanta la atencion de aquellas nobles personas, que el recuerdo de ellas quedará
gravado eternamente en el corazon de todos los bomberos que hicieron el viaje.
Antes
de entrar en aquel cariñoso pueblo, otra familia nos habia obsequiado con un
vaso de buen vino que reconfortó nuestro cansado cuerpo.
Con
aprobacion unánime, el simpático Schinor de la 5ª, gritó, ántes de partir: “Por
el pueblo de Quilpué hip! hip! hurra”, que fue contestado inmediatamente con
los tres hurras reglamentarios.
◊
◊ ◊
No
es exajerado decir que el camino del ferrocarril estaba tan concurrido como
cualquiera calle de Santiago. ¡Tanta era la jente que huia de la desgracia!
Dos
encuentros produjeron en nuestro espíritu una honda impresión que arrancaron mas de una lágrima.
Encontramos
a un bombero de Valparaiso; iba con su casco, llevaba en sus brazos a uno de
sus hijos; le acompañaba su mujer, vestida de luto.
Al
vernos el desgraciado compañero nos dijo al pasar, con pena i amargura
“mientras unos van, otros vienen”.
No
habia tiempo para hacer preguntas que tal vez ahondaran dolores…
Enseguida
encontramos a un antiguo cuartelero de la 6ª i 7ª, que llevaba en sus hombros
los dos únicos hijitos que habia salvado. “Los demas murieron aplastados”, nos
dijo, i siguió su camino bajo un sol abrasador, con hambre i sed.
Una
pobre mujer se nos agregó en el camino i junto con nosotros hizo varias
jornadas sin demostrar cansancio ni fatiga, era una madre que iba a Valparaiso
a ver su único hijo…
En
el Salto nos esperaba un tren de carga que nos llevó rápidamente a Viña del
Mar, donde nos obsequiaron pan i cerveza.
El
señor Superintendente don Ismael Valdes Vergara, con una galantería esquisita i
con cariño cuidaba a sus voluntarios i veia que todos estuvieran satisfechos.
Aquí pudimos apreciar los nobles sentimientos de este caballero, que en nuestro
entusiasmo juvenil de bomberos de otros años, no habíamos comprendido.
Esa
misma tarde seguimos a Valparaiso, desembarcamos en el Baron.
◊
◊ ◊
Pintar
el cuadro que se ofrecia a nuestra vista es tarea imposible, donde se
detuvieran nuestros ojos veian edificios en ruinas i humos de incendios.
Mirando
hácia el puerto se veia la ciudad envuelta en una especie de oscura neblina,
eran los restos de la conflagracion de la ciudad!
Entramos
por la Gran Avenida. Todo el mundo nos miraba con curiosidad compasiva, varias
señoras lloraron al vernos tan llenos de tierra i tan cansados.
Todos
querian saber de Santiago, pues no tenian noticia de la capital. Parece que
olvidaban sus penas por saber la suerte de los habitantes de Santiago. ¿Mucho
han sufrido? Nos preguntaban todos.
En
la Plaza de la Victoria, que estaba convertida en campamento, hicimos alto; se
llamó a los oficiales de cada compañía i se les dijo: el cuerpo de bomberos
queda sometido desde este momento a la autoridad militar i a todos los rigores
de la lei marcial; se prohibe murmurar i criticar las órdenes de las
autoridades.
Luego
se nos puso a las órdenes del Comandante Schönmayer, militar activo i enérjico
que nos señaló el sitio de nuestro campamento: Gran Avenida, jardines frente a
la Seccion de Detenidos.
Dio
las órdenes para que un grupo de voluntarios trajera víveres, sacos de porotos,
papas, cebollas, harina i todos los elementos necesarios para hacer el rancho.
Cada
compañía nombró su ranchero, mientras los demas preparaban las carpas i
recojían de los edificios derrumbados leña en cantidad suficiente.
Luego
ardian las fogatas i los porotos principiaron a ablandarse con grande alegria
de nuestra parte.
Nos
preparábamos para comer i entregarnos al descanso cuando se nos ordenó formar.
Eran
las 8 de la noche.
◊
◊ ◊
Principiaba
a quemarse uno de los grandes edificios que teníamos al frente i se nos llamaba
para que prestáramos nuestros servicios bomberiles.
Dirijidas
las miradas al incendio se pensó que era cosa de un momento impedir su avance,
pero no habia material de trabajo: ni escalas, ni hachas, ni ganchos, sólo una
bomba con poca presion…
El
comandante Schönmayer comprendió nuestra situacion i nos ordenó entonces salvar
el mobiliario i la mercaderia en peligro.
Esta
órden, hai que confesarlo, produjo un malestar profundo en las filas de los
bomberos, no porque se nos hacia trabajar sin elementos de salvataje, sino
porque era una locura mandarnos a edificios desplomados a recoger muebles, como
si roperos viejos pudieran compararse con la vida de un bombero!!
Sin
embargo se trabajó con entusiasmo i se salvaron mercaderias valiosísimas.
Miéntras
tanto el fuego seguia su obra devastadora, ardia una manzana íntegra que
alumbraba siniestramente la pobre ciudad. ¡Nunca habíamos presenciado un
incendio tan colosal!
Se
comprendió el peligro que corria la manzana vecina, en la que habian numerosas
casas comerciales i el Gran Hotel, valioso por su instalacion.
El
comandante Schönmayer se desespera; de pié sobre una mesa, con su revólver a la
cintura da órdenes oportunas i enérjicas.
Llama
a sus soldados para que ayuden a los bomberos i les dice: “Hai que salvar los
muebles del Gran Hotel; el que tome una botella, es hombre muerto; espero que
la tropa siga cumpliendo con su deber como lo ha hecho hasta aquí”.
Los
soldados avanzaron silenciosos i en formación de batalla. Todos trabajan.
Miéntras
tanto en el entretecho del quinto piso del edificio indicado, trabajaban cuatro
voluntarios: San Roman de la 2ª, Blancheteau de la 7ª; Alberto Ried de la 5ª i
el que esto escribe.
Se
hicieron esfuerzos sobrehumanos para impedir que prendiera el fuego. Se
recojieron todos los baldes de las habitaciones i se trató de llenarlos con
agua que especialmente arrojaba un piton desde la calle.
Todo
fue inútil; el calor del incendio vecino nos impedia estar mas de dos segundos
en las ventanas; el agua que nos dirijan para refrescarnos se convertia
inmediatamente en vapor.
El
esfuerzo hecho por estos cuatro voluntarios fue presenciado por el señor
Ministro de la Guerra, por todas las demas compañías, por bomberos de
Valparaiso, por la tropa i por una infinidad de paisanos.
El
fuego rompió de repente i apenas quedó tiempo para escapar. Un momento mas, el humo i las llamas nos envuelven.
Otra
manzana ardia i las llamas jigantescas que parecian elevarse hasta el cielo,
alumbraban con tanta claridad los cerros que podian distinguirse perfectamente
los mas pequeños detalles.
El
comandante Schönmayer fue desde ese momento el hombre mas
popular entre los voluntarios.
Cualquiera
broma era contestada inmediatamente por la irremediable fórmula “hombre
muerto”.
Hai
que dejar constancia que ese militar, mirado por nosotros como un loco en
aquella noche, es un escelente caballero, de nobles sentimientos. Nos facilitó
colchones en que dormir, i si no es por esta atencion habríamos descansado
sobre la humedad del jardin.
A
la una de la mañana comimos unos porotos i una escelente cazuela o cosa
parecida, preparada por el eximio i simpático ranchero
Juan Fleischmann.
Despues
de protestar enérjicamente de la manera de roncar de Sabino Casou, nos quedamos
profundamente dormidos.
DIA
21
Este
dia lo ocupamos en distintos quehaceres. Una parte del cuerpo recibió órden de
trasladar mercaderias de las estaciones del Baron i Bellavista i de varias bodegas
al campamento militar, contiguo al nuestro, donde individuos de tropa repartian
al numeroso público que las pedia con ánsias.
Hombres,
mujeres i niños luchaban empeñosamente por recibir una escasa racion de carne o
de frejoles.
Los
mas fuertes atropellaban a la mujeres por lo cual el
distinguido comandante Schönmayer dividió los grupos, medida ésta que fue mui
aplaudida.
¡Los
chicos, los pobres niños pedian pan i no habia pan quedarles!
En
todos los rostros se marcaba el sufrimiento i la amargura, amarrados al corazon de aquellas jentes en esos dias crueles i fatídicos.
Los
bomberos santiaguinos mitigaron mas de algun dolor,
pues de sus propias provisiones obsequiaron a mujeres i niños que las recibian
con lágrimas en los ojos.
Pudimos
observar el noble i jeneroso caso de que un voluntario entregara el almuerzo de
sus compañeros a un grupo de pobres mujeres que no habian comido desde el dia
anterior!
En
la tarde la 6ª recibió órden de trasladarse a los cementerios 1 i 2 a relevar a
la 7ª, que estaba ocupada en abrir fosas i sepultar cadáveres.
Tarea
es esta que a cualquiera que no está acostumbrado a ella, le impresiona; sin
embargo trabajamos como sepultureros i dimos tranquilo lecho bajo la madre
tierra a mas de cien muertos, muchos en estado de
putrefaccion. A la 6ª, en compañía de dos voluntarios de la 11ª i a las órdenes
del Teniente de la 2ª, le correspondió el triste i
penoso deber de dar santo sepulcro a ocho hermanitas de los pobres aplastadas
por una misma muralla.
En
abrir las fosas nos acompañaron como cuarenta individuos que trabajaron solo
por una racion en crudo.
Desde
el campo santo, totalmente destruido, divisábamos la ciudad. Hasta nosotros
llegaban como estraña música, los golpes de millares de martillos que golpeaban
en las planchas de zinc.
¡Eran
los hijos de ese pueblo viril que preparaban las nuevas habitaciones!
I
pensamos que con tales hombres la ciudad resurjiria mas hermosa i mas grande,
para gloria de Chile i de sus hijos.
Los
martillos seguian golpeando i nosotros tambien, con palas i barretas, seguiamos
abriendo profusas fosas.
En
la tarde bajamos del cerro silenciosos i tristes.
Repartimos la racion en crudo a los que nos ayudaron i dimos cuenta del término
de nuestro trabajo al Comandante Militar.
Este
aprovechó nuestra presencia para hacernos retirar de los escombros de una
muralla volada con dinamita, el cadáver de un fusilado el dia anterior. Lo
arrastramos hasta un carreton de la policía de aseo, cargado de muertos, entre
los que iban mujeres, hombres, un guardian con su uniforme, todos en macabro
desórden.
En
seguida nos ordenó retirarnos al campamento despues de decirnos le dijéramos si
nos faltaban alimentos para hacerlos enviar inmediatamente. Sentimientos tan
jenerosos comprometieron nuestra gratitud.
◊
◊ ◊
En
nuestra carpa recibimos la visita del doctor González Olate antiguo i querido
compañero de la 6ª. Ha curado una gran cantidad de heridos i vá en esos
momentos al Hospital San Agustin a continuar su jenerosa tarea; no le queda
tiempo para cuatro palabras.
Vimos
pasar al Exmo. Señor Montt; recorria la ciudad inmediatamente despues de haber
desembarcado. Vá visiblemente conmovido.
En
la mañana hemos visto pasar a dos infelices rodeados de tropas; los llevaban a
fusilarlos; un sacerdote los acompaña i les reza.
A
cierta distancia de los soldados vá un público numeroso con deseos de
presenciar el trájico fin de esos infames, son incendiarios…
Hemos
visto tambien a un pobre muchacho con los brazos amarrados por las espaldas,
que lo traian, no sabemos de donde, dos ajentes de la seccion secreta.
Su
rostro es simpático, tiene unos veinte años, va bien vestido con un traje
plomo, lo llevan al campamento militar.
Lo
seguimos ávidos de presenciar el resultado de esa prisión.
Los
ajentes se encuentran con un paisano que les dice: ¿I éste? Es bandido,
contestan. Entónces hai que balearlo.
El
pobre hombre protesta de su inocencia, dice que es trabajador de un señor cuyo
nombre no recordamos, que le permitan sacar de un bolsillo una libreta en que
consta lo que afirma. No se le escucha.
En
el campamento no está el Comandante Schönmayer, se llama a un Teniente que
pregunta ¿Trae parte? ¿Se ha sorprendido robando? No, contestan los ajentes, lo
hemos tomado por sospecha, además lleva este cuchillo, i entregan un puñal.
El
muchacho quiere defenderse pero no le es permitido; dos soldados lo amarran con
alambres por las muñecas, se le pone centinela i los ajentes se retiran
satisfechos.
Mas
tarde le vimos pasar; se le habia dejado en libertad…
¿Se
probó su inocencia? ¿Habia alguna equivocacion? ¿Era víctima de una venganza?
¿Quién era el sujeto que dijo a los ajentes hai que balearlo?
No
pudimos averiguarlo i no lo sabremos nunca.
Pero
este hecho típico viene a destruir la creencia que existia i existe aun en
muchos, que a cualquier individuo i por cualquier falta se le fusilaba sin mas trámite. No, las autoridades militares parece que
procedieron en toda circunstancia amoldándose a la mas estricta justicia i al
criterio mas sereno.
Como
a las 5 P.M. se nos ordenó recorriéramos cuidadosamente todos los edificios de
una manzana, para imponernos de si habia fuego, pues se temia, i talvez con
razon, que los encargados de las mudanzas dejaban preparado el incendio…
No
encontramos nada digno de mencion.
En
los momentos que reventaba una bomba de dinamita aplicada por individuos de la
armada, para destruir un edificio en ruinas, nos encontramos con nuestro amigo
el doctor Cárlos López López, de nacionalidad boliviana, en compañía de los
estudiantes de medicina, señores Julio Moscoso i Rómulo Romero.
Se
habian adelantado al grueso de la ambulancia que venia de la capital i despues
de una marcha penosa i llena de privaciones llegaban a ponerse a las órdenes
del activo e intelijente doctor Grossi.
La
actitud de estos profesionales es digna de aplausos, tanto mas si se considera
que dos de ellos son estranjeros.
Les
ofrecimos inmediatamente nuestra carpa i comida que aceptaron reconocidos.
El
doctor López i sus ayudantes, sentados en el suelo, comieron esa noche, con
bastante apetito un modesto plato de papas i un trozo de queso, pero sin pan.
Les facilitamos ademas un colchon i uno de nuestros abrigos.
En
la noche hicimos guardia, a cada compañía le correspondia una hora.
A
las 8 P.M., al lado de nuestro campamento se fusiló a un bandido i su cuerpo
quedó allí hasta el dia siguiente, amarrado a uno de los árboles del paseo…
A
media noche se escuchan los fuertes estampidos que producen los esplosivos en
los edificios que aun arden i el fuego, en sus agonias, alumbra aun, con
resplandores siniestros la ciudad destruida i atemorizada.
DIA
22
A
las ocho de la mañana recibimos la inesperada órden de alistarnos para volver a
Santiago.
El
cuerpo se dividió en dos secciones, una compuesta por las seis primeras Compañías,
i al mando del Capitan San Roman partiria inmediatamente i la otra el dia 23.
En
la Plaza de la Victoria, en la carpa de la primera autoridad i en presencia del
Comandante Gómez Carreño se nos armó con carabinas i las municiones
correspondientes.
Se
temia que nos asaltaran i se corria, con visos de mucha verdad, que una
veintena de jovenes santiaguinos habian sido asesinados en el camino.
Dejamos
a Valparaiso con el alma enternecida i haciendo votos fervientes por su rápido
resurjimiento.
Desde
el Baron hasta el Salto el viaje se hizo por ferrocarril sin novedad.
Nuevamente
principia la marcha a pié bajo un sol ardiente.
En
Quilpué fuimos nuevamente atendidos en la “Olla del Peregrino”. En este pueblo
nos encontramos con los estudiantes de Medicina i médicos de Santiago.
Vienen
a pié desde Limache i cada uno de ellos trae un enorme paquete de charqui.
Despues
de servirse algunos refrescos siguen viaje al norte.
Nos
hicieron infinidad de preguntas sobre el estado de Valparaiso.
En
Quilpué recibió órden la 6ª de seguir como avanzada hasta Villa Alemana de
donde pediria a Limache por telégrafo un tren para el grueso.
Nuestra
compañía cumplió fielmente con lo ordenado por la superioridad; hizo una marcha
forzada hasta Villa Alemana donde se le dijo habia un tren lastrero que podia
llevar a los bomberos.
Después
de un viaje duro i penoso alcanzó el tren, pero su maquinista se negó a
esperar, por lo que nuestro entusiasta Teniente Farmer, ordenó que dos
voluntarios siguieran hasta Limache en la máquina, miéntras él esperaba en la
estación con los demas compañeros, al Capitan San Roman.
Los
dos voluntarios obsequiaron por el camino el pan que les quedaba a un oficial
de ejército, que con numerosos soldados hacia trabajos en la línea i que no tenia ese elemento indispensable en toda comida.
Llegamos
a Limache en los momentos en que el señor Ismael Valdes Vergara i Ministro de
Industria tomaban el tren en dirección a Santiago.
Fuimos
atendidos cordialmente por estos caballeros i el señor Ministro dio las órdenes
necesarias para que nuestros deseos fueran satisfechos.
Por
el telégrafo de la estación se puso el siguiente telegrama. Comandante de
Bomberos -- Villa Alemana -- Tren en una hora mas --
La sesta.
A
las 7½ P.M. llegaron los demas compañeros en carros de carga i se pernoctó allí
en la misma forma anterior. Habian alimentos en cantidad suficiente.
Esa
tarde llegaron a Limache numerosos miembros de la colonia italiana de Santiago
que iban a prestar sus servicios gratuitamente a los aflijidos habitantes del
pueblo.
Los
dos voluntarios que llegaron primero a Limache fueron atendidos jenerosamente
por varias familias.
DIA
23
A
las 8 A.M. estamos listos para seguir a Santiago.
Antes
de partir se entrega a nuestro cuidado un grupo como de cincuenta huérfanos de
ambos sexos, algunos heridos i que deberíamos traer a la capital.
En
el camino los voluntarios juntaron todo el pan que llevaban i lo repartieron
entre los chicos. Algunas señoritas les obsequiaron chocolate i los atendieron
primorosamente; se les dio tambien agua recojida en una estacion i parecian los
pobrecitos estar mui satisfechos.
En
el túnel de la Paloma, cada bombero tomó un niño en los brazos para hacer el
trasbordo.
Los
trabajos para despejar la línea avanzan rápidamente; el interior del túnel está
alumbrado para comodidad de los pasajeros. A ambos lados hai soldados con
rifles.
Camino
ya directo a Santiago, el maquinista dio toda fuerza a la máquina.
Fue
aquello algo espantoso. La ferretería de los carros crujian como si se fueran a
desarmar, varias señoras principiaron a llorar i a pedir que se detuviera el
tren.
Los
que íbamos en el carro del carbon no nos dábamos cuenta de la alarma que habia
en los vagones, pero advertíamos que el tren avanzaba de una manera vertijinosa
i que los ayudantes del maquinista habian perdido sus gorras arrastradas por el
viento enorme que producia el convoi en su marcha.
Un
voluntario, nos grita i nos advierte el peligro, nos habla del pánico de los
pasajeros.
Se
amenazó al conductor de la máquina para que regularizara la marcha.
Los
maquinistas de la 1ª i 5ª que viajaban en el carro carbonero hicieron cálculos
matemáticos que demostró la velocidad increible del tren: ¡cerca de noventa
quilómetros por hora!
En
una de las estaciones en que el tren se detuvo se hicieron por casi todos los
pasajeros, cargos al maquinista por su imprudencia.
Un
clavo malo, un obstáculo cualquiera en la línea, habria sido suficiente para
producir una catástrofe espantosa.
Seguimos
por fin a Santiago, dispuestos a disparar nuestra carabina al maquinista, si
este insistia en llevarnos con tanta velocidad.
A
las 4 i minutos P.M., se detenia el convoi i entregábamos los huérfanos en el
Asilo de la Avenida Matucana de esta ciudad, en medio de la curiosidad de una
inmensa cantidad de jente, mucha de la cual lloraba ante las dulces i tiernas
escenas que se producian al saludarse las monjas de Limache i de Santiago.
A
los pocos momentos desembarcamos en la Estacion Central, donde centenares de
personas nos abrían calle i nos preguntaban por Valparaiso i sus desgracias.
◊
◊ ◊
Mui
variados comentarios hemos oido sobre este viaje despues de nuestra llegada.
La
mayor parte de ellos son favorables para el Cuerpo, pero han circulado algunos
con el objeto de empequeñecer el esfuerzo gastado por la juventud bomberil.
No
pudimos prestar nuestros servicios en forma debida porque las circunstancias no
lo permitian.
El
material de trabajo de los voluntarios porteños estaba en su mayor parte bajo
los escombros i nosotros no podíamos haber llevado el nuestro, por la falta
absoluta de medios de transporte.
Se
mantiene, pues, siempre mui en alto, el deseo que nos guió al emprender la
marcha sin mas propósito que la de servir a nuestros semejantes en horas de
dolor i desgracia.
No
debíamos ser nosotros los que dejáramos constancia de estos hechos si
creyéramos que existe la modestia.
Cada
voluntario supo cumplir con su deber en todo momento i el noble uniforme se
mantuvo en toda circunstancia siempre limpio i digno de su historia.
Nadie
podrá levantar su voz para señalar un hecho que haga desmerecer a un miembro de
la institucion, pero en cambio, ¡cuántas palabras de agradecimientos se
pronunciaron en aquellos dias tristes en que nosotros repartíamos provisiones o
las teníamos a nuestro alcance!
Nuestro
viaje a Valparaiso podemos compararlo mui bien con una levantada de noche,
cuando nos llama la lúgubre campana de alarma.
Nadie
es testigo del esfuerzo que gastamos para acudir presurosos. La ciudad duerme.
Por
los campos, fueron mui contados los que nos vieron a marcha forzada camino de
Valparaiso…
¡Hemos
quedado tranquilos i satisfechos!
Nuestra
intencion fue santa!
El
recuerdo de ésta jornada vivirá perennemente con nosotros en la misma forma en
que guardamos todo acto de servicio en que esponemos la vida sin vacilaciones
ni dudas.
◊
◊ ◊
No
cerraremos estas lineas sin enviar ántes un voto ferviente de aplauso a
nuestros leales compañeros de Valparaiso.
Fuimos
testigos de sus desgracias, de sus esfuerzos i de sus fatigas.
No
olvidamos tampoco a los voluntarios de Concepcion i Talcahuano que con
elementos de trabajo llegaron por mar a Valparaiso en la misma mañana de
nuestra llegada.
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PRECIO DE VENTA $1
A BENEFICIO DE LOS HUERFANOS DE LIMACHE
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Notas:
1.-
Este escrito es una trascripción textual del folleto editado en el año 1906,
cuyos 500 ejemplares emitidos fueran confeccionados en la “Imprenta y Casa
Editora de los Hnos. Ponce” y que como se menciona en su final, fueran vendidos
en la suma de $1 en beneficio de los huérfanos de Limache.
2.-
Se agradece al voluntario honorario de la 5ª Cía. del Cuerpo de Bomberos de
Santiago, don Agustín Gutiérrez Valdivieso, recientemente premiado por sus 60
de servicio en la institución, quien facilitó este material al suscrito para su
publicación.
Eduardo
Correa Barrera
Director
Honorario del Cuerpo de Bomberos de Conchalí
8
de enero de 2004